jueves, marzo 09, 2006

El verdugo frente a su espejo

Por BENEDICT CAREY
Burl Cain es un hombre religioso que cree que sólo Dios debe decidir cuándo morirá alguien. Sin embargo, en su empleo como alcaide y verdugo en jefe en la Penitenciaría Estatal en Angola, Louisiana, Cain es quien da la orden de iniciar una inyección letal, y él ha tomado de la mano a los condenados mientras mueren.
“Es algo que hacemos independientemente de que estemos a favor o en contra y tratamos de hacer el proceso lo más humano posible”, aseveró.
El conocimiento popular sostiene que la gente tiene un estándar de moralidad establecido que nunca flaquea. Sin embargo, nuevos estudios de personas que realizan cosas desagradables, ya sea por decisión propia o por razones de deber o necesidad económica, encuentran que los códigos morales de la gente son más flexibles de lo que se cree. Para amortiguar sus conciencias, la gente suele ajustar sus juicios morales en un proceso que algunos psicólogos llaman desconexión o distanciamiento moral.
La desconexión moral “es donde se encuentra toda la acción”, afirmó Albert Bandura, catedrático de psicología en la Universidad de Stanford y experto en psicología del comportamiento moral. “Está dentro de nuestras habilidades activar o desactivar selectivamente nuestros estándares morales y eso ayuda a explicar cómo la gente puede ser brutalmente cruel en un momento y compasiva al siguiente”.
Ahora los psicólogos de Stanford han demostrado que los miembros del personal de las cárceles que trabajan en los equipos de ejecución exhiben altos niveles de desconexión moral —y entre más cerca estén del suceso, mayor es su nivel de desconexión.
A fines de los 90, Michael Osofsky, entonces un estudiante adolescente en Nueva Orleans, empezó a entrevistar a carceleros en la penitenciaría en Angola.
Para cuando Osofsky se graduó de Stanford en el 2003, había entrevistado a 246 empleados de penitenciarías, entre ellas la de Angola, en tres estados.
Había guardias que administran las inyecciones letales, consejeros que ofrecen apoyo durante la ejecución, miembros del equipo que sujeta al preso y guardias no involucrados en este tipo de eventos. La gente que se encarga del cumplimiento de la pena capital “se reúne, realiza la ejecución y luego regresa a sus empleos normales” en la cárcel, señaló Osofsky. “Nunca habían hablado realmente sobre esta parte del trabajo, incluso con sus familias; ni siquiera entre ellos”.
En conjunto con Cain, Bandura y Philip Zimbardo, otro psicólogo de Stanford, Osofsky aplicó una escala de desconexión a los miembros del equipo de ejecución y a los guardias que no estaban en ese equipo.
El cuestionario le pedía a los empleados que clasificaran qué tanto estaban de acuerdo con 19 enunciados, entre ellos: “la Biblia enseña que los asesinatos deben ser vengados: una vida por una vida, ojo por ojo”, “en la actualidad, la pena de muerte se lleva a cabo de formas que minimizan el sufrimiento”, y “debido a la naturaleza de sus crímenes, los asesinos han perdido el derecho a vivir”.
En un análisis de las respuestas publicado a fines del año pasado en la revista Law and Human Behavior, los psicólogos reportaron que fue mucho más probable que los miembros del equipo de ejecuciones, a diferencia de los guardias que no pertenecían a ese equipo, estuvieran de acuerdo en que los presos habían perdido importantes cualidades humanas, en que era un peligro que “pudieran escapar y volver a matar” y en que pensaban en el costo que representa para la sociedad cuidar a criminales violentos.
Los miembros del equipo también mostraban mayores probabilidades, en comparación con otros guardias, de expresar un apoyo con tintes religiosos a la oración: ojo por ojo.
“Uno debe santificar los medios letales: ésta es la técnica más poderosa” de desconexión de un código moral compartido por los seres humanos, mencionó Bandura, quien ha expresado graves reservas morales sobre la pena capital.
Los equipos de ejecución están organizados de modo que se dividen las tareas horripilantes al realizar lo que los investigadores llaman una difusión de la responsabilidad. “No hay una sola persona que pueda decir que es completamente responsable de la muerte”, admitió Osofsky.
Los pelotones de fusilamiento funcionan en base a esta misma idea. Todos los miembros del pelotón disparan, pero ninguno sabe a ciencia cierta quien hizo el tiro mortal.
El estudio encontró que el nivel de desconexión, medido de acuerdo con la escala, fue casi tan alto en empleados de la cárcel que participaron en una ejecución como en quienes habían participado en más de 15.
Esto sugiere que, aunque el trabajo puede volverse más sencillo con el tiempo, “la desconexión moral es algo que permite que realicen su trabajo, y no sólo el resultado de realizar varias ejecuciones”, concluyeron los autores.